EDITORIAL

DISCURSO EDITORIAL

El Poder al CUARTO
 

En el mes de octubre, cuando las celebraciones por el Día del Periodista aún no terminaban de expirar, el incidente protagonizado por el presidente Alejandro Toledo en un programa periodístico televisivo desencadenó una retahíla de hechos y comentarios que puso sobre el tapete la forma en que la prensa está llevando adelante su rol en nuestro país.
Este hecho, que ha marcado indiscutiblemente el mes que pasó, debe significar motivo de reflexión para quienes servimos a la causa de este oficio que pretende ser el más noble de todos. Parece que después de la mordaza y el manejo mediático al que nos tuvo sometido el régimen anterior, la prensa ha venido por sus fueros, lo que está bien desde todo punto de vista. Pero, tal como se ha podido ver, la prensa nacional no ha escatimado nada para ello, ha hecho el mayor uso de sus atribuciones y sus facultades y acaso se ha asomado peligrosamente a lo que está más allá de sus linderos.
Lo que hemos visto en recientes días, incluso con ventilados enfrentamientos entre reconocidos periodistas, nos hace pensar en los excesos de poder que muchas veces se han repetido en la historia, y que siempre terminan de manera lamentable. Se nos ocurre pensar por ejemplo en la excesiva dureza de la guillotina tras la Revolución Francesa, decapitando “a todo aquel que se pueda”. No es que estemos en contra de la fiscalización de nuestros gobernantes y funcionarios públicos en general, lo que pasa es que al parecer nos estamos tragando el “cuentazo” de que los periodistas somos los jueces, fiscales y ejecutores de un régimen. Y nada es más falso que eso. El periodismo no puede caer en el abuso de poder, en la vanidad y en esa especie de soberbia y omnisciencia. Los periodistas somos seres humanos falibles, permeables, de carne y hueso. También nos equivocamos.
Desde luego que estamos en contra de cualquier intento de represión a la libertad de prensa y expresión, eso es totalmente claro. La experiencia de la década pasada fue suficiente, y no queremos repetir esa etapa degradante. Por eso mismo, porque nos ha costado recuperar esa dignidad, esa libertad, es que debemos cuidar la buena salud de una prensa que no busque sólo la denuncia por la denuncia, porque no son pocos los que ya hablan del desprestigio del periodismo de investigación nacional a raíz de los últimos hechos.
A veces -y esto nos ha ocurrido probablemente a todos los que llevamos adelante esta profesión-, por querer ganar la primicia, por mostrar una “bomba”, por buscar esa gloria pasajera y efímera, nos precipitamos sin tomar en cuenta la existencia de un valor importantísimo en el desempeño de nuestra labor, esto es, la deontología periodística. Sin ella todo está desvirtuado, y nada debería ser llevado adelante. Eso debería ser como aquello que los psicólogos llaman el Súperyo en nosotros.
Es necesario tomar en cuenta estos y otros puntos concernientes al quehacer periodístico, ahora más que nunca. Se dice con estadísticas en mano que el nivel de credibilidad de la prensa empieza a decaer, y nosotros somos los responsables directos de estos resultados. Si no les ponemos el freno adecuado y no le acotamos la cuota de reflexión imprescindible vamos a tener que lamentarnos quizá de una posible defenestración.

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