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Bajo la mirada indiferente de cientos
de transeúntes, que transitan en horas del día por la fría Plaza de Armas de
la ciudad de Trujillo, se encuentra Juan, acompañado sólo de su viejo cajón
de lustrar zapatos. Las horas han pasado y sin embargo Juan todavía no
encuentra un cliente que tenga el calzado sucio, al cual le pueda decir:
“Caballero una lustradita”.
Como él, son tres niños más, los que trabajan como boleros, siempre bajo la
figura del monumento de la libertad que los espía en todo momento. En aquel
lugar ellos han encontrado un centro de trabajo que los ayuda a salir
adelante.
Por estos días, algo que sin duda ha resuelto el gran problema que
significaba el abuso que recibían de los policías municipales, quienes les
quitaban sus cajones con el pretexto de que en el centro histórico no estaba
permitido trabajar en este oficio, es el empadronamiento del que fueron
favorecidos por parte de la MPT.
Efectivamente, ante el abuso intolerante del que eran víctimas por parte de
estos trabajadores municipales que, más que cumplir con su deber abusaban y
maltrataban a los indefensos niños. Parece que el problema acabó gracias a
la oportuna iniciativa de las autoridades municipales, quienes hace dos
meses empadronaron a todos estos niños lustrabotas. Es por eso que ahora
vemos a estos niños trabajando con un uniforme azul que tiene el logo edil y
laboran de forma legal.
DE OFICIO LUSTRABOTAS
Dicen que todo niño nace con un pan bajo el brazo, pero este no es el caso
de Juan, quien a sus escasos 10 años de edad, tiene que compartir su
interrumpida infancia entre los salones de clase y el trabajo de la calle,
ya que sólo trabajando podrá llevar alimento a su humilde casa, desposeída
de la presencia paterna y materna. Quien lo espera en su casa, ubicada en el
Alto Trujillo, es su anciana y enferma abuela.
“El negro”, como lo llaman sus compañeros lustrabotas, cuenta que son dos
años ya los que ha dedicado al oficio de bolear, mismos años que vive con el
recuerdo de su añorada tierra natal, Catacaos, y del ausente cariño de sus
padres que trabajan todos los días bajo el sol piurano para alimentar a sus
pequeños hermanos.
En Trujillo, hoy para Juan no será un mal día, felizmente ha encontrado a un
señor, de aspecto bonachón, sentado en una de las bancas de la plaza, quien
lo llama para que le deje las “tabas” como un espejo. Pero eso sí, le
consulta “Cómo gusta, lustrada o todo parejo?”.
De hecho que pasar pomada a los zapatos y lustrarlos luego, hasta sacarles
brillo, cuesta. Eso lo tiene muy claro el negro que sabe cobrar lo justo por
su trabajo. Lustrar dice, vale un sol y colocar tinte a todo el zapato
cuesta tres nuevos soles.
Comenta que muchas veces, mientras está en plena chamba, recuerda que es de
su padre, -bolero como él-, de quien aprendió esa maña de dejar los zapatos
mocasines y de charol prácticamente como nuevos. Cuenta que se educó en este
oficio mirando a su padre lustrar zapatos, allá en la plaza de Catacaos. “Mi
papá no sabe que trabajo. El cree que sólo estudio y si conociera que vengo
a lustrar a la calle no me daría permiso para hacerlo”, dice mientras lo
acompaño en su caminar de la Plaza de Armas hacia el Mercado Central, donde
va a probar mayor suerte.
Cerca de las ocho de la noche, la faena de trabajo está por terminar y Juan
se alista para retirarse de su segundo e inseguro hogar, la calle. Ha
recolectado 20 soles, un día bueno, comenta, este dinero ahora le servirá
para comprar comida que llevará a su casa, si sobra algo le servirá para
seguir ahorrando. El quiere, para esta Navidad comprar un panetón y pan
especial; también anhela vestir ropa nueva, de esa que está de moda.
Parece que este pequeño sueño, construido durante el mes, se hará realidad,
ya que su trabajo de todos los días le ha asegurado ahorrar en su tarro
vacío de leche, que le sirve de alcancía, unas cuantas monedas para comprar
lo que tiene pensado.
BOLERO SOÑADOR
Leonardo Efraín Mendoza Solano es otro niño que se dedica al trabajo de
bolear en la Plaza de Armas. El tiene en el oficio de bolear zapatos un año
y medio y su anhelo en estas fiestas es reunir el dinero suficiente para
comprarse ropa nueva.
Leo sale muy temprano de su casa en El Porvenir casi todos los fines de
semana y feriados para trabajar. La Plaza de Armas también es su centro de
trabajo, la cual se va llenando de gente de todas las edades y condiciones
sociales en el transcurso del día. Este continuo peregrinar urbano le sirve
para abordar a cuanto caballero y dama tengan zapatos.
Sin embargo, a veces sufre más de una decepción cuando a pesar de tener los
transeúntes los zapatos llenos de polvo y sucios, le dicen que no. Pero, Leo
no se amilana, quien acompaña insistente unos pasos a su ocasional “amigo le
lustro los…”
Este oficio, aunque no le da mucho dinero, le sirve para ganarse algunos
soles, monedas que usará comprarse, si Dios quiere, una camisa, un pantalón
y nuevos zapatos; necesidades que no pueden cubrir sus padres.
En un día logra lustrar los zapatos de 15 ó 20 personas, lo que le equivale
a unos 20 y, a veces, 30 soles, cuando está “pedidito”.
DOS VIDAS UN MISMA REALIDAD
Posiblemente diríamos que son mucho más que dos vidas unidas a una sola
realidad, ya que en el Perú son miles de niños los que trabajan en
diferentes oficios, lo cual les da oportunidad de aportar con dinero a la
alicaída bolsa familiar. Un problema social aún no resuelto.
Los padres de Efraín y Leo tienen trabajos temporales y con bajos ingresos
económicos, que no les permiten satisfacer las elementales necesidades de
sus hijos. Ellos nunca llenarán su vacío material ni emocional, más aún
cuando tienen una vida absorbida por la pobreza y la ignorancia, que les
impide dar cariño y amor sus hijos.
Leo nos narra una historia semejante a la de Efraín, su padre se dedica a
cargar bultos en los mercados, mientras su madre lava y limpia.
Sin embargo a pesar de vivir semejantes realidades comparten también el
mismo sueño. Efraín, tiene 5 hermanos pequeños y no ve la hora de
convertirse en adulto, ser alguien mejor, quizá profesional y ayudar
económicamente a sus padres, para que éstos nunca más trabajen. En tanto Leo
construye un sueño bajo el intenso sol de mediodía, encontrar un buen oficio
que le permita generarse ingresos dignos para ayudar a sus hermanos y
apoyarlos a superarse. Mientras tanto, ahora sólo espera que la temperatura
de medio día aminore y su mamá le traiga su comida. Hoy boleo zapatos a dos
turistas, buen día, entonces espera irse temprano a casa, tal vez a las 7:00
de la noche. |